Columna de opinión

03/02/2012

La SOPA es una estupidez

José M. Piquer, profesor del Departamento de Cs. de la Computación, FCFM. y senador académico de la Universidad de Chile.
 

La SOPA es una estupidez

Columna publicada en al Portal Terra el 31 de enero de 2012.

Hemos escuchado bastante este último tiempo sobre SOPA, PIPA y Anonymous. Parece una batalla lejana entre hackers locos y el FBI, junto con todo el poder institucional de Estados Unidos. Sin embargo, lo que está detrás es mucho más cercano a todos nosotros: se trata de los últimos estertores de los grandes productores tradicionales de arte masivo (principalmente cine y música), para defender un modelo de negocios que Internet ha venido a destruir.

El precio de una obra de arte es algo difícil de definir, pero claramente tiene una fuerte relación con lo fácil que es su duplicación. Un libro siempre es más barato que un vídeo y ambos siempre son más baratos que una pintura (considerando obras iguales de famosas). Y la Capilla Sixtina es probablemente de lo más caro que hay, dado que es un edificio junto a una obra. Por mucho tiempo la duplicación de libros, fotografías, obras musicales y películas fuera posible pero caro y perdían mucha calidad, lo que hacía que una copia de una copia era cercana a inservible. La digitalización de estas obras permite hoy copiarlas a un costo ridículo y sin perder nada de la calidad original.

Esto ocurrió hace ya muchos años, pero faltaba la forma de difundir estas copias masivamente para terminar de matar el negocio completo. Vender copias piratas en la calle causa daño a la industria, pero distribuirlas gratis por Internet simplemente es la estocada final. Por ello la industria está desesperada hoy y, en vez de reflexionar sobre su modelo de negocios y cómo innovar en sus fuentes de ingresos, trata torpemente de impedir que la realidad exista pasando leyes inútiles.

Si estuviésemos inventando la industria de la música hoy, partiríamos de la base que la distribución es gratuita y está asegurada a nivel mundial por Internet. Usaríamos a las masas de usuarios para seleccionar a los mejores grupos y luego les ofreceríamos contratos para organizarles conciertos en todo el planeta. A nadie se le ocurriría el concepto de un “disco”, y nadie pensaría en el formato de un CD para distribuirlo, resulta absurdo si tenemos Internet. Y nadie estaría proponiendo leyes para evitar que Internet funcione.

El gran problema que enfrenta la industria de los productores es su propio éxito: el enorme hambre de cultura que existe en la humanidad. La piratería cultural ha existido siempre: desde las fotocopias de libros en las bibliotecas, pasando por los cassettes piratas en las ferias libres y hoy en DVDs vendidos en la vereda. Un ejemplo simple es la masividad de asistencia a los conciertos gratuitos o al Teatro a Mil en Santiago. Esta demanda insatisfecha se debe a los altos precios que se cobra por la cultura y que vuelve imposible el acceso a enormes masas.

En vez de proponer leyes absurdas y estúpidas como SOPA (que llegó a contener modificaciones al DNS para poder botar dominios completos si hosteaban contenido con copyright en ellos), la industria de contenidos debiera buscar formas de aprovechar esta demanda, masificar el acceso vía Internet a precios tan bajos que simplemente no valga la pena el esfuerzo de piratear las obras. El costo de una copia digital, para el distribuidor, es cero. Por lo tanto, aunque cobre un centavo por ella, es pura ganancia. Mientras el cine siga proveyendo una calidad de imagen y sonido muy superior a nuestro computador, seguiremos yendo al cine y pagando entradas caras. Pero la versión que podemos bajar de Internet y ver en nuestro equipo debiera ser muy cercana a gratuita. Por otra parte, las obras tienen una cobertura y distribución mundial barata y masiva que nunca antes fue posible.

En vez de ver a Internet como un enemigo, lo que la industria debiera hacer es abrazar las nuevas tecnologías y aprovecharlas para nuevos negocios y nuevos medios de difusión y creación. La batalla por SOPA está perdida de antemano: si logran que la ley se apruebe, sólo fomentarán el desarrollo de Internet, los contenidos y los buscadores fuera de Estados Unidos. Si no lo logran, se habrán generado enemigos en todas partes y seguirán haciendo el ridículo al aferrarse a un modelo de negocios que ya no es viable.

SOPA parece ser la última batalla que perderán los sellos productores al intentar defender un mundo que, en realidad, ya no existe.

José M. Piquer, profesor del Departamento de Cs. de la Computación, FCFM. y senador académico de la Universidad de Chile.